Llevaba ya más de 12 horas de ayuno, y la escasez de glucosa empezaba a manifestarse en forma de dolor de cabeza. Ya estaba completamente mentalizado para el pinchazo y por suerte mi turno había llegado, pero aún no estaba dicha la última palabra:
- Empleada del laboratorio: vení, pasá por acá...seguiste la dieta, ¿no?
- Blus: ¿eh? ¿cuál dieta?
- E: aah es que para este ítem del análisis necesitabas seguir una dieta especial...
- B (con la esperanza de que la Ley de Murphy no se cumpla por una puta vez, qué ingenuo): ¿y en qué consistía?
- E: tenías que permanecer cuatro días sin comer nueces, palta, ciruela ni banana (obviamente venía bárbaro hasta que mencionó a la alargada fruta del trópico).
- B (pensando en que esa no era una dieta sino la lista de los mandados): uhh ¿y entonces?
- E: mejor te conviene volver la semana que viene y hacerte todo junto.
Supongo que esa última es una de sus frases de cabecera, la debe pronunciar más veces por semana que el "buenos días"; al menos pude dejarle el tarrito con orina que tan ridículamente tuve que pasear por los pasillos, antes de continuar mi derrotero del chequeo general en el sector de rayos X.
Fui amablemente recibido por una religiosa que trabaja en dicha sección del sanatorio, quien al tiempo que tomaba mis datos mantenía la siguiente conversación telefónica:
- Monja: yo entiendo doctora que ustedes hacen lo que pueden, pero las quejas de la gente son constantes, en especial los jueves y los viernes...
- Doctora: (...)
- Monja: sí, pero por ejemplo ayer yo estaba rezando y me entraron tres radios (léase radiomensajes), y a una le gusta rezar en paz, ¿comprende?
No pude evitar pensar en la situación y reir mentalmente, la pobre con el rosario en una mano y el aparatito en el otro sin saber a cuál prestarle atención primero.
En la sala de rayos siempre imagino gente riendo detrás de un vidrio espejado mientras uno posa en forma totalmente antinatural, con los codos hacia adelante y respirando hondo; luego del procedimiento habitual y al ver pasar a la radióloga con una placa en la mano, le pregunté si esas costillas que se veían eran las mías, y si consideraba que era necesario sacarla nuevamente ya que me había olvidado de sonreír para la "foto". Qué mala onda la vieja, ni una sonrisita de compromiso esbozó...quizás eso me hubiera alegrado un poco la mañana.









